Esperaba oculta en la maleza, esperando que los
ladrones se presentaran. Ya estaba harta. Llevaba 3 días esperando y no le
gustaba estar sentada en el mismo sitio sin moverse. Ella era más de culo
inquieto, de ir de aquí para allá. De ir donde está la acción, pero eso de
acechar no lo llevaba nada bien.
Finalmente apareció una furgoneta blanca, y paró en la
cuesta que llevaba a la casa. -Por fin- se dijo. Esperó a que los dos
individuos subieran. Uno bajito y con una enorme barriga, y el otro, alto y
greñudo, pero también con una prominente barriga.
Al cabo de unos minutos, el bajito bajó a buscar un
carrito para hacer más fácil el traslado de la mercancía. Guiñó el ojo, contuvo
la respiración y apuntó. Todo ello sin soltar el palillo de la boca.
El retroceso golpeo el hombro y el sonido del
silenciador no se hizo ni siquiera presente. Esperó hasta que el alto se percatara
de la ausencia de su secuaz y fuese a ayudarle. En el momento que lo sostuvo en
sus brazos y se dio cuenta de que habían asesinado a su compinche, su frente se
agitó y su nuca se desparramo.
La asesina malhumorada por la espera se apresuró a registrarlos.
No llevaban nada de valor, pero se quedó con los DNI y les hizo una foto a cada
cadáver. Los cargó en la furgoneta junto al carrito y se la llevó hasta un
barranco dos kilómetros más adelante. La arrojó.
Aún tenía dos horas para volver a su puesto y esperar
a que su compañero de relevo la llevase a casa.